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La gloria inmarcesible de Linda Marcela

Julio es un mes patriota. Canadá, Estados Unidos, Perú, Venezuela, Colombia, Francia, tienen en este mes su día de fiesta nacional. Banderas, desfiles de toneladas, tambores, aviones a milímetros, discursos tullidos, intentan torcer los ojos de los ciudadanos hacia la maravilla de tener una patria desde hace tantos años, siglos.

La cosa no es tan alegre. Hacia mitad del XIX los filósofos anarquistas tiraron al piso las estatuas de la patria. El francés Proudhon la acusó de ser un corral que impide ver más allá. “Perezca la patria —escribió— y que la humanidad se salve”.

Su colega ruso Bakunin dejó clara una diferenciación: “El Estado no es la patria, es la abstracción, la ficción metafísica, mística, política jurídica de la patria”. Ya entrado el XX los pensadores surrealistas golpearon sobre el concepto mismo y les sonó hueco: “Más aún que el patriotismo, que es una histeria como cualquier otra, y no obstante más vacía y más mortal que cualquier otra, lo que nos repugna es la idea de Patria”.

Por la misma época el chirriante Ambrose Bierce, Gringo Viejo, en su Diccionario del diablo , avaló a Proudhon al afirmar que “patriota es el que considera superiores los intereses de la parte a los intereses del todo. Juguete de políticos e instrumento de conquistadores”.

Hace 20 años Javier Naranjo, maestro de niños de primaria antioqueños, recogió en el libro Casa de las estrellas las fulguraciones de estos pequeños intelectuales. Cuando les pidió la definición de nuestra patria, Colombia, un alumno de ocho años contestó: “Es un partido de fútbol”. Sin saberlo, superó a los filósofos citados y se hizo dueño de una Copa Mundo.

Otro compañerito de 11 años le puso piso a la patria al formular el significado de la palabra “guerra”: “Gente que se mata por un pedazo de tierra o de paz”. Y otro más pequeño, de seis, resolvió ir al grano para enunciar lo que es su patria. Con una sola palabra dio cuenta del vocablo “muerte”: “El país”.

Linda Marcela Vásquez, de ocho años, resultó la más profunda. No pensó en una patria como un territorio ni como todos los territorios. Así estampó el término “tiempo”: “Es una patria”. Nuestra patria es el tiempo. Esta niña abrazó como patria a todos los vivos y a los muertos, con lo que han construido, soñado, sufrido, bailado, a lo largo de los milenios. Sumó además a los que vendrán porque también estarán en el tiempo.

La patria grande de Linda Marcela es más poblada que la humanidad contemporánea en que pensó Proudhon, menos metafísica y mística que la reprochada por Bakunin, menos histérica y mortal que la de los surrealistas, más íntegra que el todo de Bierce.

Si la patria es el tiempo, los patriotas son los aliados naturales de las más excelsas obras del tiempo. Los patriotas son contemporáneos y parceros de Homero y Penélope, de Cicerón y Aspasia, del Quijote y Dulcinea, de Abelardo y Eloísa, de Bach y Ana Magdalena y, claro, de Bolívar y Manuelita.

¡Que viva esta patria! Esta sí, la gloria inmarcesible.